“The Talkies”

“The talkies” fue el neologismo con que se bautizó al cine sonoro y hablado, frente al otro neologismo correspondiente al cine mudo, “the movies”, que reflejaba la imagen en movimiento. Pero así como este último pervive en el idioma inglés diario, aunque algo obsoleto, e incluye, así, el cine sonoro, aquel desapareció del lenguaje habitual tras su uso en esa primera época (finales de los Veinte, principios de los Treinta).

En los años Veinte, el cine mudo dominaba el mundo del espectáculo en los Estados Unidos. Pero ocurrió que por esos años la radio se desarrolló y popularizó de tal manera que, al “meter” en los hogares americanos todo tipo de sensaciones sonoras – música, noticias, entretenimiento hablado, es decir, sobretodo , al “meter” la voz humana en el salón de las casas – se convirtió en un gran desafío para el cine mudo que, o cambiaba o podía incluso desaparecer como gran medio de entretenimiento que obliga al espectador a salir de casa. (Años más tarde, el desafío sería la televisión). Después de casi treinta años funcionando bien, el cine se planteaba el reto de añadir a la imagen el sonido y la voz humana o bien desaparecer. (Una aclaración: el cine mudo no se escribía en las salas en silencio absoluto, ya que los exhibidores no sólo utilizaban equipos y personal para reproducir sonidos referentes a la acción en la pantalla, sino que, especialmente en las películas de largo metraje, lo acompañaban de música, a veces compuesta para la ocasión, e interpretada por músicos en la propia sala).

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Primera película con sonido incorporado y sincronizado

El sonido que se utilizaba debía ser grabado y reproducido mecánicamente, pero el problema principal era la sincronización entre sonido e imagen. La creciente necesidad de incorporar el sonido a la imagen, de pasar de las “movies” a las “talkies”, encontraba fuerte resistencia entre los magnates por las grandes inversiones que debían hacer, primero en I+D y, luego, en equipamiento de los Estudios y en las salas de cine; además, la llegada del sonido significaría otras pérdidas en equipos y personal. Por ellos, para sacar al espectador de su casa y de la radio, en las salas de cine se ofrecían otros espectáculos en los intermedios y también sorteos y regalos. Frente a las reticencias de los magnates, fue la Warner quien apostó por el riesgo y la aventura de introducir sonido en sus películas, haciendo caso a la Western Electric que llevaba años intentando interesar a los grandes Estudios en su sistema de sincronización de sonido. (Los hermanos Warner, para mediados de los años Veinte, habían creado un auténtico imperio cinematográfico, con grandes inversiones en el Estudio, salas de cine, financiación de Wall St. Y un novedoso marketing de sus películas). Ya en 1925 produjo la primera película con sonido totalmente sincronizado, Don Juan, de Alan Crossland, con John Barrymore y Mary Astor, aunque por le momento lo que interesaba a la Warner era la música de acompañamiento más que un film hablado. Pero Don Juan tuvo un enorme éxito y todos empezaron a pensar en serio en dar el salto al sonoro.

Tras algunas películas habladas y cantadas, que pasaron sin pena ni gloria, en 1927 llegó Jazz Singer – El cantor del jazz, de Alan Crossland, con Al Johnson y su cara pintada de negro para parecer un minstrel, película que fascinó al público y lanzó a todos los Estudios a hacer “talkies”. En 1929, todos ellos habían abandonado prácticamente el cine mudo. El sonido había llegado para quedarse, pues la taquilla se recuperó y, a pesar de la Gran Depresión que se inicia entonces, el cine se enfrentó y, por ahora, venció a la radio. Gracias, pues, a la Warner Bros. El problema, ahora, es qúe iba a ocurrir con los protagonistas del drama que se veía venir, los actores del cine mudo.

En 1927, las estrellas del cine mudo . Mimadas y multimillonarias, pues los Estudios habían consolidados el cine mudo y ellas eran la base del mismo – estaban lejos de prever lo que se les venía encima, ya que se argumentaba: ¿quién iba a apostar por el cine sonoro y sus enormes inversiones? ¿Quién iba a apostar por que las estrellas “hablasen”? ¿ Qué beneficios podían esperarse de una tal revolución en una industria boyante y en pleno auge? Las estrellas eran todopoderosas. Recordemos los grande nombres: Gloria Swanson, Lilian Gish, Adolphe Menjou, Dolores del Río, Norma Talmadye, los de la United Artists – Charles Chaplin, Mary Pickford, Douglas Fairbanks Jon Barrymore, y tantos otros gigantes de la pantalla silenciosa, donde reinaba la imagen, el mimo de los artistas, la fotografía y los directores. Pero, de repente, influidos por la radio, los espectadores empezaron a desear oir la voz de sus estrellas, que éstas hablasen e incluso cantasen. De repente, también, todos los Estudios decidieron apuntarse a la revolución, con el consiguiente pánico de las estrellas y actores menores, que también se veían afectados. ¿Cómo serían sus voces?¿Qué sería de ellos si no superaban la prueba?

Y encima, los Estudios, preocupados, miraron hacia Broadway, con el convencimiento de que sólo los actores del escenario teatral estaban ya entrenados para actuar con sus voces, no solo representando a Shakespeare, Ibsen o cualquier dramaturgo menor, sino, simplemente para realizar un diálogo “normal”. Se produjo, pues, en Hollywood una invasión de actores procedentes de los teatros del Este, no solo del Broadway neoyorquino, y una inmigración de actores desde Inglaterra, en detrimento de los actores del cine mudo que empezaron a ser considerados como mudos de verdad. Éstos buscaron profesores foniatras , especialmente de origen británico, para mejorar su dicción. Algunos lo consiguieron pero otros, con voces no adecuadas, vieron truncadas sus carreras. La película Singing in the Rain – Cantando bajo la lluvia, de Stanley Donen y Gene Kelly, 1952, nos muestra con maestría y gran sentido del humor, casi caricaturesco, lo que fue el paso del cine mudo al hablado, del “silent movie” al “talkie”, el fracaso de una actriz por culpa de su voz, desagradable por aguda, chillona y vulgar (magistral interpretación de Jean Hagen en ese papel) y , también, las dificultades que, al principio, tuvieron los técnicos de sonido para reproducir los diálogos de los actores. (Efectivamente, en el set había que poner micrófonos en distintos lugares para que recogieran las voces de los actores y las cámaras tenían que estar aisladas y encapsuladas para evitar que se propagase su propio sonido a la película. Hubo problemas de todo tipo hasta que aparecieron las cámaras silenciosas y se inventó el micrófono colgado de una percha por encima de las cabezas de los actores y fuera de cámara).

the-artist_39En la reciente y entrañable The Artist, nos contaba el director francés precisamente esta historia, volviendo al blanco y negro y la interpretación muda para explicarnos con sutileza ese salto al cine sonoro que a tantos perjudicó y tan necesario fue.

Víctimas del sonido entre las estrellas fueron, en primer lugar, los actores de origen extranjero como el gran Emil Jannings, Dolores del Río, Lupe Vélez y Pola Negri, pero también los nacionales, Norma Talmadge, Lilian Gish, John Gilbert (Si bien fue Louis B. Mayer el que se cargó, por odio personal, el futuro de este gran actor, con voz aceptable, a quién todavía le veríamos encarnando al embajador español que enamora a la reina de Suecia en Queen Cristina – La reina Cristina de Suecia, de Ruben Mamoulian, 1933, con Greta Garbo), Gloria Swanson (con su canto del cisne y retorno glorioso, en Sunset Boulevard – El crepúsculo de los dioses, de Billy Wilder, 1950, con William Holden) y el mismísimo John Barrymore, que fue desapareciendo poco a poco (aunque llegó a interpretar una obra maestra, 20th Century – La comedia de la vida, de Howard Hawks, 1934, con Carole Lombard).

Laurel-and-Hardy-laurel-and-hardy-30795734-338-450Frente a las víctimas del sonoro, los grande beneficiados por el uso de sus voces fueron, entre otros, los grande comediantes Stan Laurel y Oliver Hardy (los famosos, en España, El Gordo y el Flaco) y los Hermanos Marx (que, como sabemos, pudieron añadir a su anarquía de comportamiento y acciones, la anarquía de su lenguaje, sobretodo Groucho). Y también se beneficiaron los que tenían una voz acariciadora, como Greta Garbo, o profunda, como Ronald Colman. El cine sonoro atrajo también a muchos cantantes que, con independencia de sus dotes interpretativas, proporcionaban al público el placer de escuchar canciones, pues el espectador que fue seducido por el sonido quería oir no solo la voz hablada sino también cantada. Eso fue tan obligado para los actores que incluso los grandes bailarines, Gene Kelly y Fred Astaire, cantaran en todas sus películas a pesar de que sus voces no eran muy gratas; y algunas estrellas de la interpretación, voz o no voz adecuada, tuvieron que cantar en alguna ocasión, como el gran James Stewart (vid. Born to dance – Nacida para la danza, de Roy del Ruth, 1936, con la maravillosa tap-dancer Eleanor Powell – Stewart canta, con poca voz, la deliciosa melodía de Cole Porter, Easy to Love).

En todo caso, el cine sonoro nos descubrió a decenas de nuevos actores y actrices que se adaptaron a las nuevas maneras de hacer cine – moverse y hablar – alcanzando muchas de ellas el estrellato. Y sin desmerecer el cine mudo, que también produjo muchas obras maestras, el cine, cuando llegaron “the talkies”, se consolidó definitivamente como la Séptima de las Artes, como el arte del sXX por antonomasia.

Eduardo Peña Abizanda

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