JOHN WAYNE y el western

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Es bien sabido que el western es uno de los tres géneros cinematográficos característicos, y casi monopolísticos, de Hollywood, siendo los otros la comedia, incluida el screwball, y el cine “negro”, géneros que se remontan a los principios del cine y que aún perduran. Así, en el caso del western, en los últimos años hemos disfrutado de cintas como Dances with wolves (Bailando con lobos, 1990 ) de Kevin Costner, Unforgiven (Sin perdón, 1992) de Clint Eastwood y todavía más recientemente, Open range,de Costner en el 2003 o la estrambótica versión de Django de Tarantino, 2012, todas ellas muy dignas de la larga y  fructífera historia del cine del Oeste.

Sin embargo, la verdadera edad de oro del western son los años Cuarenta y Cincuenta, en los que encontramos verdaderas obras maestras del género. Así, Javier Coma, en su “La gran caravana del western (Alianza Editorial, 1996), nos ofrece su elección de las cine mejores películas del Oeste; pues bien, 6 son del año 1939, 24 de los años Cuarenta, 49 de los Cincuenta, 14 de los Sesenta, 2 de los Setenta y 5 de los Ochenta. Es decir, entre 1939 y 1962 aparecen 86 de las 100 películas que elige Coma como las mejores. La explicación es que a partir de los años Sesenta se producen cada vez menos westerns debido a los cambios en los gustos del espectador, quizás también por un agotamiento, por exceso, de la temática del Oeste, y la calidad de este tipo de películas es también menor. En todo caso, como en casi todos los géneros, nuevamente nos tenemos que rendir a la evidencia de que el cine de la época clásica de Hollywood nunca ha sido igualado, ni en cantidad ni en calidad. (Por cierto, en el cine western incluimos también todas las películas sobre la Caballería del Ejército norteamericano durante el siglo XIX, que fue gran protagonista de la conquista del oeste, protegiendo en sus fuertes y en las praderas a los colonos emigrantes del Este frente a los “malos indios” (“The only good injun is the dead injun”). Recordemos, con emoción, las tantas veces vista llegada salvadora del mítico 7º de Caballería en auxilio de la caravana rodeada por indios vociferantes. Y dejo a un lado aquellos “spaghetti western” de Sergio Leone y compañía, que poco tienen que ver con lo que aquí expongo.

THEY DIED WITH THEIR BOOTS

Como es lógico, casi todos los grandes actores de la época clásica protagonizaron algún western, aunque destacan, sobre todo, Errol Flynn que, aun siendo el gran aventurero y espadachín (vid. Robin Hood – Robin de los bosques, de Michael Curtiz, 1938) encabezó varias y buenas películas del Oeste (vid. Dodge City – Dodge, ciudad sin ley, de Michael Curtiz, 1939, o  They died with their boots onMurieron con las botas puestas, de Raoul Walsh, 1942, encarnando al famoso General Custer que murió en la masacre de Little Big Horn a manos de los indios). Destacan también Gregory Peck, al que recordaremos siempre por una de sus primeras películas, precisamente un western, Duel in the sun – Duelo al sol, de King Vidor, 1946; Henry Fonda, inolvidable en la fabulosa My darling Clementine – Pasión de los fuertes, de John Ford, 1946. James Stewart, inigualable en Winchester 73, de Anthony Mann, 1950; Spencer Tracy, genial en su, creo, único western, Broken Lance – Lanza rota, de Edward Dmytryk, 1954, Randolph Scott, protagonista de varios y sólidos westerns menores dirigidos por Bud Boeticher, pero también, ya maduro junto con otro maduro Joel McCrea, una obra espléndida, Ride the High Country – Duelo en la Alta Sierra, de Sam Peckinpah, 1962. Y muchos actores y estrellas más: Robert Taylor, William Holden, Richard Widmark, Robert Mitchum, Glenn Ford, Burt lancaster, Tyrone Power, etc.

También muchas de las famosas actrices de la época acompañaron a los héroes o villanos masculinos, a los sheriffs, a los ganaderos o colonos, a los oficiales de la Caballería, pero  destacan, sobretodo, Olivia de Havilland, compañera habitual de Errol Flynn, y Maureen O’Hara, compañera y cómplice de John Wayne y no solo en los westerns. El problema de la mujer en un western es su escaso papel protagonista frente a esos hombres a caballo, con las pistolas al cinto y rápidos en el disparo. Los primeros papeles en el western, además del héroe masculino, corresponden al paisaje- recuerdo especial para el Monument Valley, objeto de tantos primeros planos cinematográficos -, los cowboys, el ganado, los caballos, los indios, los soldados, los “buenos” y los “malos”. La chica queda siempre en segundo plano, normalmente como reposo del guerrero, sea la prostituta del Saloon o la burguesita del pueblo en cuestión. A veces, sin embargo, por su peso específico como estrella cobra un papel central (vid. Marlene Dietrich en Rancho Notorius – La encubridora, de Fritz Lang, 1952 o Marilyn Monroe en River of no return – Río sin retorno, de Otto Preminger, 1956), pero esto es excepcional.

John Wayne

Y llegamos a John Wayne. El “Duque” fue el cowboy por antonomasia, el más puro ejemplar del hombre del oeste, y ellos durante más de cuatro décadas, desde sus primeras, y muchas, películas serie B de los años Treinta hasta la última, en 1976, The shootist – El último pistolero, de Don Siegel: poco antes de su muerte, Wayne la anticipa en este doloroso testamento artístico de su personaje. pero el Duque también hizo películas, algunas magníficas, de otros géneros, pues John Wayne fue un gran actor, aunque durante mucho tiempo se le consideró sólo un buen vaquero de interpretación mediocre. (La academia no le reconoció hasta 1970, cuando le otorgó el Oscar por True grit – Valor de Ley, de Henry Hathaway. Wayne llevaba entonces cuarenta años en el cine), Y, sin embargo, si vemos su extensa filmografía, que incluye comedias, aventuras, bélicas, policíacas y exóticas, aparte de sus innumerables westerns, también encontramos magnificas interpretaciones  del vaquero dentro de, casi siempre, buenas películas. En esa consideración, o mejor dicho, falta de consideración, hacia la capacidad interpretativa del Duque, durante muchos años pesó, en la crítica llamada “progresista”, la fuerte y tenaz ideología conservadora del actor, con su concepto de “Dios, Patria, Ley y Orden” que exhibía sin contemplaciones y que muchos no la perdonaron. (Igual ocurrió con Ronald Reagan, éste sí mediocre actor, que en los Ochenta se convirtió en uno de los mejores Presidentes de Estados Unidos). Su ideología conservadora llevó a Wayne a realizar dos películas que él mismo produjo y dirigió: El álamo, 1969, sobre la defensa e inmolación de un pequeño grupo de tejanos en la antigua prisión española en San Antonio frente al poderoso ejército mejicano del dictador General Santana, gesta que ayudó a la independencia del Estado de Texas, y Green Berets – Boinas verdes, 1968, que defendió abiertamente la intervención militar de Estados Unidos en Vietnam, en un momento en que, como es bien sabido, la opinión pública era muy contestataria a esa guerra .

John Wayne fue un gran actor, dotado de una gran naturalidad en cualquiera de sus interpretaciones (los críticos le acusaron por ello de ser siempre el mismo, acusación que, en mi opinión, también sería válida para otros “grandes” como Cary Grant o Gary Cooper, y que no por ello los descalificaron). El Duque poseía  una combinación de presencia física, equilibrio, humor y dureza que pocos actores han igualado. Para mí, no sólo fue “el Duque”, sino más: fue “el Rey” máximo de la pantalla.

Fuera de los westerns, a los que llevó su interpretación a diversas cumbres de gloria, Wayne brilló en diversos papeles en mas de treinta películas, algunas muy logradas, algunas abras maestras, y siempre dirigido por grandes directores, entre ellos, nada menos que John Ford y Howard Hawks. Así, entre tantas que intrepretó, destacó como muestra:

john_wayne_004-En el género de aventuras, The long voyage home – Hombres intrépidos, de John Ford, 1949 (Basada en tres cortas obras marítimas de Eugene O’Neill) o Hatari, de Howard Hawks, 1962, fascinante relato de la caza de animales salvajes vivos en África

– En el género de comedia, la maravillosa  The quiet man – El hombre tranquilo, de John Ford, 1952, ideal, nostálgica y amorosa visión fordiana de la Irlanda recién ganada su independencia.

-En el género bélico, They were expendable – No eran imprescindibles, de John Ford, 1945, espléndido y equilibrado relato de las lanchas patrulleras y sus hombres durante la 2ª Guerra Mundial.

Pero si en la historia del cine podemos relacionar a un actor con un género ese es el western y John Wayne. (En otros géneros, yo vincularía a Cary Grant y la comedia, Errol Flynn y la aventura, James Cagney y el cine negro, Gene Kelly y el musical, Bette Davis y el melodrama). EL Duque es el western por antonomasia. Incluso en películas menores destaca por su enorme personalidad; incluso con directores menores su actuación nos permite disfrutar de las peleas con los malos. Durante los años Treinta, tras algunos pequeños papeles en películas diversas, el Duque hizo decenas de westerns serie B, producidas para la doble sesión de las matineés de los sábados, en cualquier pueblo de EEUU, que abrían el telón para la película principal; en todas ellas, Wayne interpretaba el mismo papel: el cowboy “bueno” que desbarata los planes de los malos y se lleva la chica al final (cuando hay chica, que no siempre). Pero en 1939 llegó un genio del western, Ford (“Me llamo John Ford, hago westerns” dijo en cierta ocasión). Y llegó Stagecoach – La diligencia.

Stagecoach abrió a John Wayne las puertas de la gloria cinematográfica. (Inolvidable será siempre la aparición del personaje de Wayne – el presunto forajido Ringo Kid -, parando la diligencia, erguido en el camino, con un rifle en la mano y la pistola al cinto). Ford, que le dirigiría en once películas, convirtiéndole en su actor fetiche – y no sólo en el western, como acabamos de ver -, hizo con el algunas obras memorables del género. Además, otro director genial, Howard Hawks, que dominaba todos los géneros, también “utilizó” al Duque en otros westerns inolvidables.

La carrera de Wayne en el western dura, como hemos visto, hasta los últimos años de su vida donde, además de True Grit, filmó Chisum, de Andrew McLaglen, 1970, The cowboys  – John Wayne y los cowboys, de Mark Rydell, 1972 (donde vemos, con lágrimas en los ojos, como el Duque es asesinado por la espalda por el malvado Bruce Dern, única manera de matar a nuestro amado héroe); Rooster Cogburn – El rifle y la Biblia, de Stuart Millar, 1075 y, finalmente, The Shootist, que ya hemos mencionado como el testamento artístico de Wayne. (También aquí muere asesinado por la espalda, tras un duelo en el saloon con los tres contrincantes que ha elegido para morir y no hacerlo, de forma humillante, en la cama por un cáncer irreversible).

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Sin embargo, el dominio del Duque en el western fue clamoroso en la época clásica, años Cuarenta y Cincuenta, desde Stagecoach en 1939 hasta The man who shot Liberty Valance – El hombre que mató a Liberty Valance, de Joh Ford, 1962. Ambas son verdaderas joyas del cine, donde John Wayne brilla como una estrella.

Jamás le olvidaremos. Como tampoco lo haremos con su interpretación en la famosa trilogía fordiana sobre la Caballería (Fort Apache, 1948, She wore a yellow ribbon – La legión invencible, 1948 y Río Grande, 1950) o al personaje de la también fordiana The Searchers – Centauros del desierto, 1956, en el que vemos a un Wayne  extrañamente amargado y dominado por un odio implacable hacia los indios, tan poco parecido a sus personajes habituales; ni podremos jamás olvidar al Wayne de esas obras maestras de Hawks, Red river – Río rojo, 1948 y Río Bravo, 1959, especialmente en la primera, donde contemplamos el progresivo endurecimiento del carácter de un colonizador-ganadero a lo largo de los años.

JOHN WAYNEohn Wayne, el Duque, para mí “el Rey”, como cowboy, joven o viejo, como oficial de Caballería, joven o a punto de jubilarse, y también como aventurero, sargento u oficial de la Marina o como boxeador retirado que regresa a su Irlanda natal buscando la paz de espíritu, permanecerá para siempre en nuestra retina y en nuestros corazones como la encarnación de esos valores que él siempre quiso encarnar – Dios, Patria, Ley y Orden- y como un gran actor, mucho más que una simple estrella, por mal que les pese a tantos críticos de entonces y ahora.

P.D. Contemplad el ridículo de los disfribuidores españoles del cine extranjero cuando titulan en español esas cintas. Ejemplos: My darling Clementine – ¡Pasión de los fuertes!, She wore a yellow ribbon – ¡La región invencible!, The searchers – ¡Centauros del desierto! Pero eso es otra historia, como diría Kipling.

E.P.A

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2 pensamientos en “JOHN WAYNE y el western

  1. Gran homenaje al actor que más grande hizo al género.

    Por cierto, que creo que hay una errata en la entrada, creo que es “Fort Apache” y no “Fort Apalache”.

    Saludos.

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